jueves, diciembre 22, 2005

El árbol de Navidad



Anton Chéjov
1860 -1904
Vanka Chukov, un muchacho de nueve años, a quien habían colocado hacía tres meses en casa del zapatero Alojin para que aprendiese el oficio, no se acostó la noche de Navidad. Cuando los amos y los oficiales se fueron, cerca de las doce, a la iglesia para asistir a la misa del Gallo, cogió del armario un frasco de tinta y un portaplumas con una pluma enrobinada y, colocando ante él una hoja muy arrugada de papel, se dispuso a escribir. Antes de empezar dirigió a la puerta una mirada en la que se pintaba el temor de ser sorprendido, miró al icono oscuro del rincón y exhaló un largo suspiro. El papel se hallaba sobre un banco, ante el cual estaba él de rodillas.

«Querido abuelo Constantino Makarich -escribió-: Soy yo quien te escribe. Te felicito con motivo de las Navidades y le pido a Dios que te colme de venturas. No tengo papá ni mamá; sólo te tengo a ti...

Vanka miró a la oscura ventana, en cuyos cristales se reflejaba la bujía, y se imaginó a su abuelo Constantino Makarich, empleado a la sazón como guardia nocturno en casa de los señores Chivarev.
Era un viejecillo enjuto y vivo, siempre risueño y con ojos de bebedor. Tenía sesenta y cinco años. Durante el día dormía en la cocina o bromeaba con los cocineros, y por la noche se paseaba, envuelto en una amplia pelliza, en torno de la finca, y golpeaba de vez en cuando con un bastoncillo una pequeña plancha cuadrada, para dar fe de que no dormía y atemorizar a los ladrones. Acompañábanlo dos perros: Canelo y Serpiente. Este último se merecía su nombre: era largo de cuerpo y muy astuto, y siempre parecía ocultar malas intenciones; aunque miraba a todo el mundo con ojos acariciadores, no le inspiraba a nadie confianza. Se adivinaba, bajo aquella máscara de cariño, una perfidia jesuítica. Le gustaba acercarse a la gente con suavidad, sin ser notado, y morderla en las pantorrillas. Con frecuencia robaba pollos de casa de los campesinos. Le pegaban grandes palizas; dos veces había estado a punto de morir ahorcado; pero siempre salía con vida de los más apurados trances y resucitaba cuando lo tenían ya por muerto.
En aquel momento, el abuelo de Vanka estaría, de fijo, a la puerta, y mirando las ventanas iluminadas de la iglesia, embromaría a los cocineros y a las criadas, frotándose las manos para calentarse. Riendo con risita senil les daría vaya a las mujeres. - ¿Quiere usted un polvito? -les preguntaría, acercándoles la tabaquera a la nariz. Las mujeres estornudarían. El viejo, regocijadísimo, prorrumpiría en carcajadas y se apretaría con ambas manos los ijares. Luego les ofrecería un polvito a los perros. El Canelo estornudaría, sacudiría la cabeza, y, con el gesto huraño de un señor ofendido en su dignidad, se marcharía. El Serpiente, hipócrita, ocultando siempre sus verdaderos sentimientos, no estornudaría y menearía el rabo.
El tiempo sería soberbio. Habría una gran calma en la atmósfera, límpida y fresca. A pesar de la oscuridad de la noche, se vería toda la aldea con sus tejados blancos, el humo de las chimeneas, los árboles plateados por la escarcha, los montones de nieve. En el cielo, miles de estrellas parecerían hacerle alegres guiños a la Tierra. La Vía Láctea se distinguiría muy bien, como si, con motivo de la fiesta, la hubieran lavado y frotado con nieve...
Vanka, imaginándose todo esto, suspiraba. Tomó de nuevo la pluma y continuó escribiendo:

«Ayer me pegaron. El maestro me cogió por los pelos y me dio unos cuantos correazos por haberme dormido arrullando a su nene. El otro día la maestra me mandó destripar una sardina, y yo, en vez de empezar por la cabeza, empecé por la cola; entonces la maestra cogió la sardina y me dio en la cara con ella. Los otros aprendices, como son mayores que yo, me mortifican, me mandan por vodka a la taberna y me hacen robarle pepinos a la maestra, que, cuando se entera, me sacude el polvo. Casi siempre tengo hambre. Por la mañana me dan un mendrugo de pan; para comer, unas gachas de alforfón; para cenar, otro mendrugo de pan. Nunca me dan otra cosa, ni siquiera una taza de té. Duermo en el portal y paso mucho frío; además, tengo que arrullar al nene, que no me deja dormir con sus gritos... Abuelito: sé bueno, sácame de aquí, que no puedo soportar esta vida. Te saludo con mucho respeto y te prometo pedirle siempre a Dios por ti. Si no me sacas de aquí me moriré.»

Vanka hizo un puchero, se frotó los ojos con el puño y no pudo reprimir un sollozo.
«Te seré todo lo útil que pueda -continuó momentos después-. Rogaré por ti, y si no estás contento conmigo puedes pegarme todo lo que quieras. Buscaré trabajo, guardaré el rebaño.

Abuelito: te ruego que me saques de aquí si no quieres que me muera. Yo escaparía y me iría a la aldea contigo; pero no tengo botas, y hace demasiado frío para ir descalzo. Cuando sea mayor te mantendré con mi trabajo y no permitiré que nadie te ofenda. Y cuando te mueras, le rogaré a Dios por el descanso de tu alma, como le ruego ahora por el alma de mi madre.

«Moscú es una ciudad muy grande. Hay muchos palacios, muchos caballos, pero ni una oveja. También hay perros, pero no son como los de la aldea: no muerden y casi no ladran. He visto en una tienda una caña de pescar con un anzuelo tan hermoso, que se podrían pescar con ella los peces más grandes. Se venden también en las tiendas escopetas de primer orden, como la de tu señor. Deben costar muy caras, lo menos cien rublos cada una. En las carnicerías venden perdices, liebres, conejos, y no se sabe dónde los cazan.

«Abuelito: cuando enciendan en casa de los señores el árbol de Navidad, coge para mí una nuez dorada y escóndela bien. Luego, cuando yo vaya, me la darás. Pídesela a la señorita Olga Ignatievna; dile que es para Vanka. Verás cómo te la da.»

Vanka suspira otra vez y se queda mirando a la ventana. Recuerda que todos los años, en vísperas de la fiesta, cuando había que buscar un árbol de Navidad para los señores, iba él al bosque con su abuelo. ¡Dios mío, qué encanto! El frío le ponía rojas las mejillas; pero a él no le importaba. El abuelo, antes de derribar el árbol escogido, encendía la pipa y decía algunas chirigotas acerca de la nariz helada de Vanka. Jóvenes abetos, cubiertos de escarcha, parecían, en su inmovilidad, esperar el hachazo que sobre uno de ellos debía descargar la mano del abuelo. De pronto, saltando por encima de los montones de nieve, aparecía una liebre en precipitada carrera. El abuelo, al verla, daba muestras de gran agitación y, agachándose, gritaba:- ¡Cógela, cógela! ¡Ah, diablo! Luego el abuelo derribaba un abeto, y entre los dos lo trasladaban a la casa señorial. Allí, el árbol era preparado para la fiesta. La señorita Olga Ignatievna ponía mayor entusiasmo que nadie en este trabajo. Vanka la quería mucho. Cuando aún vivía su madre y servía en casa de los señores, Olga Ignatievna le daba bombones y le enseñaba a leer, a escribir, a contar de uno a ciento y hasta a bailar. Pero, muerta su madre, el huérfano Vanka pasó a formar parte de la servidumbre culinaria, con su abuelo, y luego fue enviado a Moscú, a casa del zapatero Alajin, para que aprendiese el oficio...

«¡Ven, abuelito, ven! -continuó escribiendo, tras una corta reflexión, el muchacho-. En nombre de Nuestro Señor te suplico que me saques de aquí. Ten piedad del pobrecito huérfano. Todo el mundo me pega, se burla de mí, me insulta. Y, además, siempre tengo hambre. Y, además, me aburro atrozmente y no hago más que llorar. Anteayer, el ama me dio un pescozón tan fuerte, que me caí y estuve un rato sin poder levantarme. Esto no es vivir; los perros viven mejor que yo... Recuerdos a la cocinera Alena, al cochero Egorka y a todos nuestros amigos de la aldea. Mi acordeón guárdalo bien y no se lo dejes a nadie. Sin más, sabes que te quiere tu nieto VANKA CHUKOV.

Ven en seguida, abuelito.»

Vanka plegó en cuatro dobleces la hoja de papel y la metió en un sobre que había comprado el día anterior.
Luego, meditó un poco y escribió en el sobre la siguiente dirección:

«En la aldea, a mi abuelo.»

Tras una nueva meditación, añadió:

«Constantino Makarich.»

Congratulándose de haber escrito la carta sin que nadie lo estorbase, se puso la gorra, y, sin otro abrigo, corrió a la calle.
El dependiente de la carnicería, a quien aquella tarde le había preguntado, le había dicho que las cartas debían echarse a los buzones, de donde las recogían para llevarlas en troika a través del mundo entero.
Vanka echó su preciosa epístola en el buzón más próximo...Una hora después dormía, mecido por dulces esperanzas. Vio en sueños la cálida estufa aldeana. Sentado en ella, su abuelo les leía a las cocineras la carta de Vanka. El perro Serpiente paseábase en torno de la estufa y meneaba el rabo...

MARIELA Y SU PERRO BATUQUE

Cuento de Navidad de Enrique Arenz

Mariela era una chiquita de seis años, rubiecita y de dulcísimos ojos castaños, hija única de un matrimonio que conocí hace años en Mar del Plata y que ahora se halla radicado en Miami. Tenían un perro labrador negro de catorce años llamado Batuque, que había sido la sombra de Mariela desde sus primeros pasos.
La niña empezó a preocuparse por la progresiva apatía que desde hacía un tiempo notaba en su mascota. Cuando ella se le acercaba para pedirle que la acompañara al jardín, Batuque la miraba con ojos tristones y le movía un poco la cola, pero no quería levantarse y permanecía en su colchoneta de la cocina dormitando todo el tiempo. "Es que está viejito", le habían explicado sus padres.
Su declinación fue implacable. Llegó un momento en que el papá de Mariela tenía que alzarlo un par de veces al día para llevarlo al jardín a hacer sus necesidades. Y después había que traerlo en brazos porque se negaba a caminar.
La familia lo adoraba porque una vez, cuando Mariela tenía dos años, Batuque le había salvado heroicamente la vida. La puerta del jardín había quedado accidentalmente abierta y ella, con su muñeca en brazos, salió a la calle y se puso a caminar muy decidida hacia la esquina, en dirección a la plaza que estaba cruzando la avenida. Batuque intuyó inmediatamente el peligro y ladró insistentemente para llamar la atención de los padres de Mariela. Pero éstos, ocupados en diversos quehaceres, no le hicieron caso. Mientras Batuque ladraba, Mariela, de gran conversación con su muñeca, se acercaba a la transitada arteria.
Batuque ladraba y gemía, miraba a la casa y miraba a la pequeña. Cuando ésta había llegado a la esquina, el perro salió corriendo y la alcanzó.
—Hola, Batuque— le dijo Mariela al verlo—, vamos a jugar a la plaza.
El animal, desesperado, le ladraba para que no cruzara, pero Mariela ya había bajado trabajosamente el cordón de la acera. Cuando comenzó a cruzar la avenida Batuque advirtió que un automóvil se acercaba a gran velocidad. En ese momento su padre salía desesperado de la casa y veía aterrorizado e impotente lo que estaba sucediendo. Batuque, sin vacilar, corrió en dirección al vehículo y se le puso adelante para proteger a su amiguita. Chirrido de frenos, gritos de espanto y un golpe seco. Batuque fue despedido a varios metros de distancia y el automóvil quedó atravesado en el medio de la avenida, pero Mariela había resultado ilesa.
Casi no la cuenta el pobre Batuque, pero pudo sanar sus heridas y disfrutar de su bien ganada fama en todo el barrio.

Cuando sucedió lo que les voy a contar se acercaba la Navidad y Batuque empeoraba. Con las vitaminas y calmantes que le administraba el veterinario tenía algunas fugaces mejorías, pero ahora ya ni comer quería.
Los padres de Mariela hablaron con la niña y se lo dijeron: Batuque estaba muy enfermo, con un montón de achaques propios de la edad, padecía de una artritis generalizada y le funcionaban mal los riñones y el corazón. El doctor había dicho que le quedaban pocos días de vida.
El mundo infantil de Mariela pareció desplomarse con tan horrible e inesperado sacudón. Esa noche no pudo dormir. Cuando la quietud se hizo escuchar en toda la casa, se levantó y bajó silenciosamente por la escalera caracol, la misma escalera por la que Batuque, en sus buenos tiempos, trepaba ruidosamente todas las mañanas para despertarla.
Encendió la luz de la cocina.
Batuque estaba despierto, echado sobre su yacija. Miró a Mariela con los ojos invariablemente tristes de los últimos tiempos. Mariela se sentó en el suelo a su lado y lo acarició. Batuque gimió suavemente y suspiró. La niña, acongojada, le dijo a su mascota:
—Batuque, perrito lindo, ¿qué te pasa? Mamá y papá dicen que estás muy enfermito porque estás viejito.
Sin levantar la cabeza del suelo, Batuque dirigió sus ojos apesarados a Mariela como si entendiera lo que la niña le decía. Suspiró otra vez. Mariela continuó:
—Pero te vas a poner bien. No le hagas caso al doctor. No te vas a morir. Yo te voy a cuidar.
Se acostó a su lado, lo abrazó y dejó que el silencio y el sueño la arrullaran dulcemente. Por la mañana, cuando su madre entró en la cocina, quedó alelada al ver a la niña dormida junto al perro. Con lágrimas en los ojos llamó a su marido y los dos se quedaron contemplando esa cuadro conmovedor. Batuque estaba despierto y pareció decirles con la mirada que sabía todo lo que estaba pasando. Enseguida el padre cargó suavemente a su hija y, sin que ésta se despertara, la llevó al dormitorio.
Esto sucedía los primeros días de diciembre. La madre de Mariela trató de distraer a la niña hablándole de la próxima Navidad y llevándola a realizar las compras tradicionales. El 8 de diciembre le pidió que la ayude a armar el arbolito y el pesebre. La chiquita se entusiasmó y colaboró activamente en la decoración de la casa.
Poco antes de la Nochebuena, Batuque entró en un profundo sopor y ya no abrió los ojos. Pero aún en ese estado comatoso, cuando Mariela se le acercaba y le ponía la palma de su mano delante del hocico para que Batuque percibiera su olor, como le había enseñado el veterinario, su cola se contraía en un temblor casi imperceptible y su agitada respiración parecía aquietarse.

El 24 de diciembre por la mañana Mariela estaba en la sala contemplando pensativa el pesebre cuando de pronto le pareció que el Niño Jesús la miraba sonriente desde su cunita de musgo como si quisiera hablar con ella. Años después Mariela le contó a sus padres que había sentido en ese raro instante el impulso de hablar con el Divino Niño sobre la enorme pena que tenía en el corazón.
"Jesús, yo te hablo todas las noches cuando rezo el Padrenuestro que me enseñó mamá y te doy las gracias por todo lo bueno que nos has dado a mi familia y a mí, pero nunca te he pedido nada, porque mamá dice que hay que agradecer y sólo pedir cosas importantes en beneficio de otros. Hoy deseo pedirte algo. Es por Batuque, pobrecito. Se está muriendo, ¿viste? Yo comprendo que por su edad no es posible que vuelva a ser el de antes. ¿Pero, no podría vivir aunque sea siempre acostadito, sin hacer ningún esfuerzo? Yo lo atendería todo el tiempo. Él es mi amigo y no lo quiero perder. Te pido que lo sanes, Jesús querido... Pero si te lo querés llevar con vos, yo no digo nada, porque debe hacerse tu voluntad, como dice la abuela Carmen, pero antes quisiera que le devuelvas por un tiempo la salud, que vuelva a ser el perrito que jugaba conmigo y me acompañaba siempre. ¡Cómo querría volver a verlo bien! ¿Me harías ese favor, Jesusito, como regalo de Navidad? Te prometo que seré la nena más buena y obediente del mundo y nunca voy a volver a molestarte para pedirte nada".
Después de almorzar su mamá la mandó a dormir la siesta porque esa noche vendrían los abuelos, los tíos y los primitos a pasar la Nochebuena en la casa y seguramente estarían todos abriendo regalos y festejando hasta muy pasada la medianoche.
Mariela, obediente, tal como acababa de prometerle a Jesús, subió enseguida a su dormitorio, se acostó y no tardó en dormirse.
Soñó que un ángel hermoso se le aparecía en el dormitorio.
—No te asustes, Mariela, soy tu ángel guardián.
—¿Mi ángel guardián?— exclamó sorprendida Mariela—. ¿Cómo te llamás?
—Batuque.
—¡Batuque! ¿Igual que mi perro?
—Yo soy Batuque, tu perro. He sido tu ángel guardián encarnado en tu perro Batuque. Quiero darte las gracias por lo mucho que me has querido.
—Pero no puede ser, Batuque se está muriendo...
—Te lo voy a explicar. Esto que hago no nos está permitido a los ángeles, pero cuando
Jesús vio cuánto querías a tu perro, se sintió muy conmovido y decidió hacer una excepción. Es que los perros fueron creados nada más que para acompañar y proteger a las personas. En cada uno de ellos hay un ángel, por eso son tan leales y desinteresados. A Jesús le duele mucho cuando comprueba que no todos los humanos los valoran y los aman como se merecen. Algunos los maltratan, y otros, ¡ay! los someten a la peor canallada: los abandonan en la calle. Pero vos, en cambio, sos un ejemplo de amor y responsabilidad, por eso Jesús me pidió que te diga que aunque Batuque se vaya de este mundo (porque la Naturaleza tiene reglas que deben cumplirse), yo siempre voy a estar cerca de vos protegiéndote de todos los peligros, aunque tome la forma de otros animalitos.
—Pero... ¿Y Batuque, mi perrito enfermo?
El ángel sonrió:
—Te entiendo, Mariela, no te conformás con que yo te diga que soy el espíritu de Batuque, vos me querés ver con mi forma perruna. Bien, me vas a ver así, pero va a ser solamente por esta noche. ¿Estás conforme?
Mariela se entusiasmo:
—¿Voy a verte otra vez como Batuque?
—Sí, pero sólo hasta la medianoche.
—Aceptado, ¿pero cuándo?
—Ahora.
Mariela despertó con un ruido familiar que hizo latir de alegría su corazón. Eran los saltitos que daba Batuque trepando los escalones de madera. Mariela, en el colmo de la excitación, vio abrirse bruscamente la puerta del dormitorio. Batuque, saludable y juguetón, saltó sobre la cama y comenzó a lamerle la cara.
—¡Batuque, estás bien! ¡Entonces no fue un sueño!

Esa noche todos festejaron felices y colmaron de atenciones a Batuque, maravillados por su inexplicable recuperación. El perro anduvo por toda la casa y por el jardín, ladró a sus anchas y comió lo que le ofrecieron. Mariela lo mimaba y disfrutaba cada minuto de su noble compañía, pero guardó el secreto que sólo revelaría años más tarde. Al acercarse la medianoche, Batuque, cansado y un poco amedrentado por la pirotecnia que arreciaba en la calle, se fue a la cocina para echarse sobre su colchoneta. Algunos observaron que Mariela dejaba de hablar y se ponía melancólica. "Está cansada, pobrecita", decían sus padres.
Dieron las doce, todos brindaron por la Navidad y repartieron los regalos. A Mariela le tenían reservada una sorpresa especial. Trajeron desde otro lugar una caja muy grande atada con un moño rojo. Cuando Mariela abrió la caja, la sorpresa, la alegría y por último la emoción, se alternaron en su carita radiante. En la caja había un cachorrito de labrador que saltaba, agitaba la colita con gran vitalidad y exhibía una simpática lengüita roja que contrastaba con su renegrido pelaje.
Sólo ella lo advirtió en seguida: la mirada tierna y alegre de ese cachorro tenía la misma inteligencia, la misma pureza y, sobre todo, el mismo misterioso destello que ella, y nadie más que ella, había visto siempre en la mirada de su querido Batuque. Mariela lo alzó, lo abrazó y ya no se separó de su nueva mascota.